Toonami: Exquisite Corpse es una pieza de identidad (un ID, en el lenguaje de la televisión) con la que Adult Swim celebró los veinte años de Toonami, su bloque de los sábados por la noche. Veintisiete artistas de distintas partes del mundo recibieron una misma pregunta: ¿y si T.O.M., el robot que presenta el bloque, cayera por una madriguera como la de Alicia en el país de las maravillas, solo que la madriguera fuera el agujero negro de 2001: Odisea del espacio? Cada cual la respondió con unos cinco segundos de animación.
Toonami lleva dos décadas siendo, en palabras de Promax Brief, un pionero de la animación de acción, con una programación internacional en la que pesa sobre todo lo japonés. Según Promax Brief, esa constancia le ganó el afecto de un público difícil de complacer: la gente que hace animación. «Toonami es la entidad que empezó a traer el anime japonés a Estados Unidos con amor y respeto», dice Simón Wilches-Castro, el director de la pieza, que ve en Adult Swim «un canal muy arriesgado».
La idea fue de Jason DeMarco, que creó Toonami junto con Sean Akins y ocupa la vicepresidencia sénior y la dirección creativa de la imagen en pantalla de Adult Swim. La pensó a partir de los estudios con los que el canal ya hace cortos animados: «Titmouse, al ser uno de nuestros socios habituales, parecía el lugar perfecto para manejar esta clase de libertad creativa», contó a Promax Brief. La dirección quedó en manos de Wilches-Castro, animador colombiano que trabaja en ese estudio de Los Ángeles.
El cadáver exquisito es un juego que inventaron los surrealistas del siglo pasado: alguien empieza a escribir o dibujar, tapa lo hecho y pasa la hoja a la persona siguiente, que solo ve las últimas palabras o las últimas líneas y continúa desde ahí. Con animación eso no funcionaba, porque es mucho más lenta que un garabato. Wilches-Castro pidió entonces que cada participante enviara su idea de la caída de T.O.M. en un párrafo y ordenó esos párrafos en la secuencia en que aparecerían. Con ese orden fijado, pudo mostrarle a cada participante cómo terminaba la imagen que llegaba a su parte, y todo el grupo animó a la vez.
Las entradas y salidas de T.O.M. en el mundo «real» las animó Hinge, un estudio de Portland, que además se ocupó de los pasajes de 3D a 2D. Titmouse ya tenía todo previsualizado en un animatic (el storyboard filmado, con sus tiempos), así que Hinge sabía cómo debían ocurrir las transiciones. «Podíamos ver en el espacio cómo funcionaría, qué departamento de la nave íbamos a ver, cómo pasábamos del momento en que empieza a apoderarse de él a la experiencia completamente 2D», explicó Roland Gauthier, de la producción ejecutiva de Hinge. «Hablábamos el mismo idioma desde el principio.»
En vez de dirigir una ópera, era como dirigir una banda de jazz en la que todo el mundo improvisa.
Unir veintisiete estilos fue el trabajo propio de Wilches-Castro. Él diseñó las transiciones: «pintó sobre las costuras», en sus palabras, animando fotogramas que imitaban la técnica de cada participante para enlazar un fragmento con el siguiente. Fueron meses mirando los dibujos de toda esa gente e intentando copiarlos. «Pude animar veintisiete personalidades distintas, que fue un poco esquizofrénico, pero me encantó. Me dio mucho respeto por su oficio.»
El orden también se pensó. Wilches-Castro puso al frente las interpretaciones más tradicionales y fue soltando las más extravagantes: «Quieres sorprender a la gente, construir un arco, así que la llevas con algo normal y después empieza a subir… se vuelve raro-gracioso, pero no da miedo, y luego empieza a deconstruirse». Que quienes eligió para el tramo final hicieran, sin excepción, figuras geométricas, añade, fue una «locura de coincidencia».
La coordinación entre gente que no se conocía tuvo su momento de duda. Wilches-Castro intentaba controlar de cerca a demasiada gente cuando Alex Grigg, que participaba en la pieza, le escribió que en este tipo de proyectos suele pasar algo que hace que todo salga bien. A él le pareció idealista, pero al empezar a recibir material y montarlo, dice, fue magia: uno estaba en Argentina y otro en Brasil, no se conocían, y todo funcionaba como si estuvieran en el mismo edificio. La música es un tema de guitarra de Two Fingers.

