De niño, Jorge R. Gutiérrez adoraba los carteles de las películas de lucha libre. Las películas, le dijo a Cartoon Brew, eran «horribles» y nunca estaban a la altura de esas imágenes: «Yo era ese niño que, en el cine, corría hasta la pantalla al final de la película y la tocaba, porque quería meterme adentro». Con Son of Jaguar vio la oportunidad de entrar por fin en ese mundo, esta vez a través de la realidad virtual.

El corto es una de las Google Spotlight Stories, el proyecto de Google ATAP que exploraba, según Cartoon Brew, las posibilidades de contar historias interactivas e inmersivas en 360 grados, con render en tiempo real, en teléfonos y visores de realidad virtual. Antes lo habían probado, entre otros, Glen Keane con Duet y Patrick Osborne con Pearl. Karen Dufilho, de la producción ejecutiva de Google Spotlight Stories, contó que persiguió a Gutiérrez durante un año y medio para convencerlo, por su «voz y punto de vista totalmente únicos».

Él dudaba. A Skwigly le contó que Duet le había gustado mucho, pero que pensó: «Esto es Glen Keane, ¿qué podríamos hacer, simples mortales, al lado de eso?». Luego vio Pearl: «Lloré como un bebé, así que dije: “Voy a hacer uno, sería un cobarde si no lo intentara”». A Cartoon Brew le explicó el resto: «Como cineasta y como artista, necesito abrazar las cosas que me dan miedo. Estaba aterrado, y se sentía bien, porque hacía mucho que un medio no me daba miedo».

El corto transcurre en Día de Muertos, como El libro de la vida: quien mira es un fantasma que va a visitar a su familia y descubre, en palabras de Gutiérrez a Skwigly, que su hijo «básicamente es un perdedor»: perdió una pierna en el ring, se está cayendo a pedazos y toda su familia depende de él. Según The Hollywood Reporter, aun así vuelve a subir al cuadrilátero, contra Lord Calavera. Y pelea mal, dice Gutiérrez, «porque no cree en sí mismo».

Gutiérrez habló del corto como algo «súper personal». Cuando Cartoon Brew anunció el proyecto, lo situó junto a El libro de la vida y a su serie de Nickelodeon El Tigre: The Adventures of Manny Rivera, creada con su esposa, Sandra Equihua: «Todo lo que me gusta hacer tiene que ver con la tradición y la familia, con lo que significa ser el siguiente en la fila y estar a la altura de la historia del lugar de donde vienes. La lucha libre es una versión muy evidente y simbólica de eso. Hay una frase de Oscar Wilde que me encanta: “Dale una máscara a un hombre y te dirá la verdad”». A The Hollywood Reporter le dijo que la lucha libre es una tradición que pasa de generación en generación, con un legado que hay que honrar, y que la historia también se inspiró en los relatos tradicionales que le contaba su padre cuando era niño.

El tema, explicó a Skwigly, salió de su propia vida: «Sentía que tener un hijo, tener una familia, me había sacado del ring y ya no me dejaba arriesgarme, porque había gente que dependía de mí. Resultó que en realidad se convirtieron en mi fuerza». Al anunciar el proyecto se lo había resumido a Cartoon Brew: «El corto transcurre en Día de Muertos, así que trata del linaje, la familia y la historia, y de lo que significa ser parte de algo más grande que tú».

Había otra fuente, más de jugador: Gutiérrez le contó a Cartoon Brew que vivió las salas de arcade a fines de los noventa y que le encantaban los juegos de pelea. «Quería saber qué les pasa a quienes pelean cuando pierden, cuando vuelven a casa con sus familias. ¿Qué pasa después? Quiero seguir eso». Y pensaba en quien no comparte su cultura: la realidad virtual, dijo a The Hollywood Reporter, puede crear «emoción y empatía al permitir que quien mira se ponga en los zapatos de otra persona. Eso es lo que quería hacer: que alguien que no es de mi cultura se pusiera en mis zapatos». El corto incorpora «Bolom Chon», una antigua canción maya que canta el propio equipo, Gutiérrez incluido, junto con intérpretes de música.

Nunca he amado y odiado tanto al público como con esto.

Hacerlo fue difícil, y Gutiérrez lo dijo sin rodeos. «El render en tiempo real es horrible, porque estoy malacostumbrado a poder renderizar para televisión o cine. Y aquí todo tiene que renderizarlo un teléfono, en tiempo real», le contó a Cartoon Brew. Lo otro era perder el encuadre y el corte: «Todos esos trucos que pasaste la vida intentando aprender ya no los puedes usar». A Skwigly le dijo que el corte y el encuadre son «nuestras espadas más afiladas», y que tuvo que ir a la batalla sin ellas.

La salida la encontró mirando hacia atrás. «¿Cómo contábamos historias antes del cine? Ibas a una obra de teatro. Te sentabas. Veías pasar cosas delante de ti. Si no mirabas, era tu problema», le dijo a Cartoon Brew. «Así que lo traté como si fuera una obra. ¿Y qué es una de las cosas más antiguas sobre un escenario? La lucha libre, ¿no? La más grande de las batallas entre el bien y el mal». El encuadre pasó a depender de señales: imágenes, sonidos y actuación que llevaran la mirada hacia donde hacía falta. Aun así, la gente miraba a otro lado. Aprendieron a construir alrededor de eso: cuando se entra en un espacio nuevo, nada importante pasa delante, porque lo primero que hace quien mira es mirar a su alrededor; al llegar a la arena, la gente mira al público, no al luchador. «Aunque mires a otro lado, vas a escuchar la historia».

El proceso tampoco se parecía al de una película. Gutiérrez escribió un guion con todo lo interactivo incluido y luego lo tiró; hicieron storyboards y un animatic, el storyboard filmado con sus tiempos, hasta que entendieron que lo único que servía era ponerse el visor. En la animación tradicional se trabaja por capas, primero el montaje, luego el layout, la animación y la iluminación; aquí todo ocurría a la vez, «como armar la lasaña de una sola vez». Las revisiones se hacían con el visor puesto o en una pantalla grande, y lo que funcionaba desde un ángulo tenía que funcionar desde todos: «No puedes hacer trampa».

Las limitaciones del render se volvieron parte de la historia. Con luchadores enmascarados, explicó Gutiérrez a Cartoon Brew, ya se le pedía al público «un enorme acto de fe» sobre cómo iban a actuar esos personajes. «Igual que con El libro de la vida, tomemos estas limitaciones y convirtámoslas en nuestras fortalezas», dijo. «Si abrazamos el polígono y lo hacemos parte de la historia, básicamente decimos: “Estos tipos son tan pobres que no pueden pagar superficies lisas”. Los polígonos son parte de su mundo». Para la luz y las texturas, contó a The Hollywood Reporter, la gente de Google Spotlight Stories y de Reel FX encontró maneras de sugerirlas: «No pensé que fuéramos a poder hacer las multitudes. Se usó mucha matemática y mucha magia».

La pelea entra y sale del ring, y Gutiérrez admitió que se pusieron «un poco locos» con el movimiento. Para que nadie se mareara, aprovecharon hacia dónde mira la gente: cuando el luchador sale volando, casi todos miran hacia arriba, y en ese momento el corto cambia a quien mira de lugar sin que lo note. Con los cortes pasa lo mismo: «El tipo sale despedido, el 99 por ciento de la gente lo mira, y ahí cortamos». Quien mire con atención encontrará además a Manolo y María, de El libro de la vida, entre el público, y a El Tigre y su padre en el muro de luchadores.

Reel FX, el estudio de Dallas que hizo El libro de la vida, produjo la animación con parte de aquel equipo. David Eisenmann, que había producido Pearl, definió la apuesta como la de investigar «un punto de vista en primera persona en una pieza de realidad virtual guiada por la narración». Tras presentarse en Annecy y SIGGRAPH, tuvo su estreno mundial en el festival Pixelatl, en México, y fue nominado a un Emmy en la categoría de medios interactivos.

«Ojalá te rías, ojalá llores, y que cuando te quites los lentes te crezca un bigote», le dijo Gutiérrez a Skwigly. Ante Cartoon Brew, al anunciar el proyecto, lo había dicho a dos voces: «Mi esperanza es que te besemos en la boca, luego te demos una cachetada y luego te besemos otra vez». «Y luego darte un puñetazo en el estómago», añadió Eisenmann. «Y luego que vomites amor», remató Gutiérrez.