Juan Pablo Zaramella tardó más de dos años y medio en hacer, en pixilación y con la luz del sol como parte de la animación, la historia de un obrero de Buenos Aires que fabrica lámparas y sueña con algo más. Luminaris tiene el récord Guinness al cortometraje más premiado.
«En un mundo en el que la luz reina y marca el ritmo de la vida, un hombre común tiene un plan que puede cambiar el rumbo de las cosas». Así presenta Juan Pablo Zaramella Luminaris, una película en pixilación —la técnica que anima a personas reales cuadro por cuadro, como si fueran muñecos— sobre un hombre de Buenos Aires que trabaja en una fábrica de lámparas y sueña con algo más.
Ganó 324 premios, y el récord Guinness la registra como el cortometraje más premiado de la historia. Antes, Zaramella había hecho Lapsus, en el que una monja curiosa juega con las sombras; en Luminaris la luz y la sombra pasan de ser un juego a ser el mundo entero.
Todo empezó por la música. «Lluvia de estrellas» es un tango de 1948 de Osmar Maderna, un músico argentino que, según contó Zaramella en una entrevista con TRIBU DIBU en 2025, no es muy conocido porque murió muy joven; y el tango no está entre los primeros que alguien nombraría en Argentina. Zaramella lo conocía desde chico: su abuela tenía el disco y en su casa lo seguían escuchando. «Esto parece la banda de sonido de algo», pensaba. Las melodías van y vuelven, crecen en tensión y de pronto se liberan: «Esto cuenta una historia».
Con el dinero de un trabajo grande en publicidad decidió grabar el tango de nuevo. La versión de los años cuarenta estaba muy bien, contó, pero quería una más limpia, y encontró una orquesta que tocaba exactamente en el estilo de las orquestas de tango de entonces: la Orquesta Típica Sans Souci. Con la música ya grabada, se puso a escribir.
No filmamos ni encuadramos como quisimos, sino como pudimos.
La primera historia no se parecía a la película. Iba a transcurrir en la Buenos Aires de los años cuarenta y a hacerse con muñecos de plastilina. Zaramella llevó el proyecto a una residencia en Fontevraud, en Francia, y allí se trabó: la historia daba vueltas en círculos y no le gustaba. Recuerda ese comienzo como «una pesadilla». Para despejarse empezó a hacer pruebas de pixilación en los jardines del lugar, una antigua abadía, y notó que la sombra del edificio cubría los jardines de punta a punta todas las tardes, como un mar o una fuerza que arrastra las cosas. Hizo algunas tomas consigo mismo y decidió construir una historia alrededor de eso. Contó que nunca había visto a nadie hacerlo.
De vuelta en Buenos Aires unió esa idea al tango y retomó el trabajo con Gustavo Cornillón, con quien escribió el guion. Sumó a Sergio Piñeyro, su director de fotografía en trabajos por encargo, y a Sol Rulloni, que hoy es la productora de todo lo que él ha hecho. Siguieron muchas pruebas de pixilación, con improvisación, buscando alrededor de una idea todavía vaga: luz natural, luz artificial. Ahí aparecieron las lámparas, y con ellas el mundo de la película: uno controlado por la luz natural, en el que las personas fabrican luz artificial.
Para Zaramella, eso fue lo más interesante de hacer el corto: como se partió de improvisar con la técnica, la conexión entre técnica e historia se volvió total. Aprendió, dijo, que no solo se puede crear desde el papel, también desde la técnica, viendo qué sugiere.
La pixilación convierte a quienes actúan en muñecos: se les fotografía posición por posición, y la película combina a esas personas con objetos animados. Las deformaciones casi de dibujo animado venían en buena parte, según Zaramella, de los ensayos con Cornillón, que protagoniza el corto: tiene una forma de expresarse cercana a la pantomima, y fue con quien más ensayaron. María Alché, la coprotagonista, es lo contrario, mucho más sutil: una actriz profesional que nunca había hecho pixilación y que hoy dirige cine. Al principio cuesta mucho más, contó, y de a poco quienes actúan empiezan a entender la lógica de la animación.
La película llevó más de dos años y medio, sobre todo por una dificultad: combinar la pixilación con el movimiento de la luz del sol, que cambia mientras se fotografía cuadro por cuadro. Se rodaba muy temprano, porque entre las diez de la mañana y las cinco de la tarde el avance de las sombras es lentísimo; al salir o al ponerse el sol, por el ángulo, avanzan y retroceden mucho más rápido. Con los primeros rayos sacaban una foto cada tres segundos. Esa velocidad también ayudaba: a esa hora el contraste entre sol y sombra se controla mejor después, en la posproducción.
El problema era que el sol no se puede volver atrás. Si algo fallaba, o pasaba una nube pequeña, la toma se arruinaba y había que volver al día siguiente y encuadrar todo de nuevo. Si pasaban una o dos semanas sin poder rodar en un lugar, el lugar dejaba de servir, porque las sombras habían cambiado de posición, y había que esperar al año siguiente. «No filmamos ni encuadramos como quisimos, sino como pudimos», resumió. Tampoco había dinero para cortar calles: si pasaba un auto, esperaban a que terminara de pasar para disparar la foto, y después borraron a algunas personas del fondo. En un cuadro quedó un perro, que alguien del equipo descubrió años después; lo dejaron.
Zaramella agradece a tres personas haber podido terminar el corto: Sol Rulloni, Sergio Piñeyro y Gustavo Cornillón. «Tenían una voluntad de hierro», contó: los días en que él no quería levantarse a las cinco de la mañana para ver si se podía rodar, eran ellos quienes insistían.
Juan Pablo Zaramella nació en 1972 en Buenos Aires. Publicó humor gráfico a los diecisiete años, se formó como director de cine de animación en el Instituto de Arte Cinematográfico de Avellaneda y desde 2000 hace cortos que escribe, dirige y anima, en paralelo con años de ilustraciones e infografías para el diario Clarín. Sus películas anteriores, como Viaje a Marte y Lapsus, ya habían recorrido festivales; en 2010 el festival de Annecy le dedicó una retrospectiva y lo convocó como jurado, junto a Nick Park.
En Annecy 2011, Luminaris ganó el premio del público y el de la crítica, el FIPRESCI. Ganó también en el Woodstock Film Festival y entró en la preselección del Oscar al mejor corto animado de 2012.
Después, Zaramella dirigió la serie El hombre más chiquito del mundo, coproducida entre Francia y Argentina y estrenada en 2017 en France Télévisions y Paka Paka, y siguió con los cortos. En Pasajero (2022) pasó a personajes planos de papel recortado dentro de una escenografía con volumen. Se estrenó en Animafest Zagreb, cerró el festival de Annecy ese año y entró en la preselección del Oscar tras ganar el Gran Premio de Chilemonos.
Créditos
Duración
6 min 17 s
Categoría
Stop motion
País
Argentina
Idea, animación y dirección
Juan Pablo Zaramella
Guion
Juan Pablo Zaramella y Gustavo Cornillón
Fotografía
Sergio Piñeyro
Producción
Sol Rulloni y Mario Rulloni (JPZtudio)
Elenco
Gustavo Cornillón, María Alché y Luis Rial
Música
«Lluvia de estrellas» (Osmar Maderna, 1948), por la Orquesta Típica Sans Souci