Robert Löbel hizo Wind, su película de graduación en la HAW de Hamburgo, sobre la gente de una tierra muy ventosa que, en apariencia indefensa ante el tiempo, ha aprendido a arreglárselas. Sin música: el viento es el protagonista.
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En una tierra muy ventosa, la gente vive expuesta al tiempo, en apariencia sin defensa. Pero aprendió a arreglárselas: el viento crea un sistema natural para vivir. Wind, del alemán Robert Löbel, es un corto sobre ese día a día, y sobre cómo un conflicto con la naturaleza llega a parecer normal para quien lo vive.
Löbel lo hizo como película de graduación en el departamento de diseño de la HAW, la Universidad de Ciencias Aplicadas de Hamburgo, donde estudió ilustración y diseño gráfico. Según contó a Skwigly, la escuela es conocida por la ilustración y el cómic, no por la animación, pero tenía un pequeño puesto para animar, y quien enseñaba animación era muy amable, así que se quedó ahí produciendo mucho. Durante la película se mudó a Berlín y la terminó en casa. Se estrenó en el festival Pictoplasma de Berlín en abril de 2013 y, tras ocho meses de festivales, se publicó en Vimeo, donde fue elegida Staff Pick y pasó las 90.000 reproducciones en dos días.
El viento es el personaje principal de la película.
La idea le vino de dos lugares. En 2011, de visita en la universidad de su pareja, que estudiaba arquitectura, Löbel asistió a una clase sobre asentamientos informales: el profesor contaba cómo vive la gente en los lugares más pobres, como una familia que se construyó una casa en el separador central de una autopista, sabiendo que algún día el gobierno vendría a reubicarla, o las casas en azoteas en China, las de cartón junto a las vías del tren, las casas sobre el agua. Después, a fines de ese año, llegó el movimiento Occupy, y en el departamento que compartía en Berlín los desayunos de los domingos se volvían largas discusiones sobre el sistema.
La pregunta era cómo construir un sistema natural y abstracto. «Lo primero que se me ocurrió fue el viento», contó a Directors Notes. «El viento es natural y es el sistema visual perfecto. No lo puedes ver, no lo puedes tocar, pero es difícil vivir con él». Había otra razón: estudiaba en el norte de Alemania, cerca del mar, y algunas personas amigas suyas ya se habían adaptado al viento para hacer deportes acuáticos.
Buscaba películas con un conflicto natural, fuerte y simple, en las que los personajes tienen una vida diaria que hace que ese conflicto parezca normal: Au bout du monde, de Konstantin Bronzit, sobre una casa en la cima de una montaña que se inclina hacia un lado y hacia el otro; La Maison en petits cubes, de Kunio Katō; The Village, de Mark Baker, y la serie francesa Les Shadoks.
Löbel nació en la República Democrática Alemana y creció con la animación de títeres y de dibujo a mano del instituto de cine DEFA. Lo último que veía en la televisión antes de que lo mandaran a dormir era el Sandman, la versión para niños de la RDA: después del episodio, a quien mira le cae «arena del sueño» en los ojos y hay que dormirse. «De chico me lo creía», contó. También recuerda la serie húngara Adolar’s Fantastic Adventures, y después Disney y la televisión de los noventa. Al salir de la escuela intentó entrar como pasante en un estudio donde trabajaba alguien que había animado en la DEFA, pero no lo aceptaron: sus dibujos, dice, eran demasiado malos, y por eso decidió estudiar. Skwigly encontró en Wind un eco de la primera animación de Europa del Este.
En los festivales, varias personas le hablaron de Wind Along the Coast, de Ivan Maximov, que él no conocía. Le gustó; el viento estaba ahí, pero la idea principal era otra. Algunos comentarios en internet seguían llamando copia a su corto, y había oído tantas veces el nombre de Maximov que le escribió para explicarle su situación; conversaron un rato.
Para el sonido, Löbel quería a David Kamp. Lo había descubierto mientras estudiaba, en un trabajo de medio tiempo en una quesería de Hamburgo: a veces pasaban tres horas sin que entrara nadie y aprovechaba para ver lo nuevo de Vimeo, y Kamp aparecía en uno de cada tres videos buenos. Se conocieron en Pictoplasma. Löbel le mandó un storyboard que había terminado pareciéndose a un cómic en color de la película; tres días después, Kamp contestó que sí.
La música nunca fue una opción. «El viento es el personaje principal de la película», dijo Löbel; desde el principio los dos quisieron un sonido de viento intenso. Short of the Week describió el sonido de Kamp como unos efectos elegidos con cuidado que acompañan el ruido constante del vendaval.
Löbel llenó un cuaderno de bocetos con ideas de la vida diaria, buscando actividades en las que el viento fuera útil para la gente: el público no debía pensar demasiado en el lado duro. Quedaron fuera, entre otras, un tobogán por el que se sube en lugar de bajar y un suéter enorme que, con los brazos abiertos, funciona como vela. Después armó el animatic, el storyboard filmado con sus tiempos, y ordenó la dirección del viento de modo que cada secuencia continuara la anterior. Prefirió no usar casas, y el paisaje se volvió un desierto en marrones y grises, a tono con un entorno sucio. Los personajes son lo más simples posible: duros y angulosos, como la vida que llevan, y fáciles de animar.
Era su primera animación grande en 2D, y la fecha de entrega de la graduación era, dijo, lo que más miedo daba. Calcula que el proceso llevó unos cinco meses, tres o cuatro de animación. Empezó en papel y, al acercarse la fecha, pasó a dibujar directamente en la computadora con una tableta: animó por primera vez en TVPaint, con un pincel de lápiz, coloreó en Photoshop e hizo la composición digital en After Effects, donde podía repetir en bucle cada personaje y sus ciclos de caminata. Como en el corto se camina contra el viento, el movimiento es lento, y eso, contó, también fue una buena manera de aprender.
Lo único que le llevó algo más de tiempo fue el aspecto del viento. Al principio quería que pareciera dibujado a mano, y probó, sin éxito, con café molido. Jochen Weidner, especialista en After Effects a quien conocía de una pasantía, le dijo que era mucho más fácil con un sistema de partículas y algunos efectos en ese programa.
Cada vez que el corto entraba en un festival, Löbel postergaba un poco más su publicación en internet. Se había puesto metas: que Kamp hiciera el sonido, y entrar en Stuttgart, que él llama el festival más grande de Alemania, donde además recibió una mención especial. En Annecy no ganó premios, pero, contó, de pronto a la gente de la animación le gustaba su película. En 2013 ganó, entre otros, el premio del público de DOK Leipzig y el Hamburg Animation Award, junto con el premio Harald Siepermann al diseño de personajes. Un mes después de publicarse en Vimeo sumaba 608.000 reproducciones.
Para entonces, dijo, había visto su película unas diez mil veces y quería hacer cosas nuevas. Mientras pensaba un concepto propio, hacía trabajos comerciales para pagar el alquiler y ayudaba a animar la película de una persona amiga.