Davy y Kristin McGuire convirtieron las páginas blancas de un libro desplegable en el escenario de una fábula silenciosa, y con un tráiler inventaron un medio propio.
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Una pareja de artistas publicó en Vimeo un video con un título modesto: The Icebook. Mostraba un libro desplegable de papel blanco, recortado a mano, sobre el que se proyectaba una historia animada. Sus autores, Davy y Kristin McGuire, lo presentaban como «el primer libro pop-up con projection mapping del mundo».
La frase suena a eslogan, pero el video la sostenía. Se volvió viral y convirtió a los McGuire en algo que no eran el día anterior: un dúo de artistas que había inventado un medio propio, a medio camino entre el libro, el teatro y la animación.
Lo que se ve en internet es, en realidad, el tráiler de otra cosa. The Icebook es una función en vivo de unos quince minutos para un público muy pequeño: un libro de once páginas de papel cortado a mano que, a la luz del día, no es más que un conjunto de siluetas blancas. Cuando se apagan las luces y el proyector se enciende, el papel cobra vida.
La historia es una fábula sin palabras, inspirada en dos cuentos de Hans Christian Andersen, La reina de las nieves y La doncella de hielo: una princesa misteriosa atrae a un muchacho a su mundo mágico para que le derrita el corazón de hielo. La música del tráiler es de Ben Woods.
El tráiler no cuenta esa historia; muestra el objeto. Abre con una cita de la crítica teatral Lyn Gardner, de The Guardian —«un espectáculo encantador y frágil»—, y después alterna las mismas páginas con y sin proyección: primero el recorte blanco, inerte; luego la luz que lo llena. Entre plano y plano aparecen las manos de uno de los artistas pasando las hojas. Es la mejor explicación posible del invento: se ve el truco y, aun así, la magia sigue funcionando.
La idea central de The Icebook es tratar el papel como pantalla. Cada página desplegable es a la vez decorado y superficie de proyección: los árboles recortados que en la portada del video se recortan contra una luz blanca y fría son el escenario, y la animación proyectada es el movimiento, el clima y los personajes. El resultado se parece al teatro de sombras y al teatro de papel del siglo XIX, pero con una luz que cambia a cada instante.
Lo proyectado tiene un aire deliberadamente antiguo: imágenes en blanco y negro con trucos que evocan los primeros años del cine mudo, cuando las apariciones y desapariciones de Georges Méliès eran lo más cercano a la magia que ofrecía una pantalla. En una de las escenas baila una figura humana, proyectada sobre el papel como si habitara el decorado.
Sin diálogos, la fábula depende por completo de la imagen y la música, y la escala diminuta obliga al espectador a acercarse, como quien lee un libro.
A la luz del día, once páginas de siluetas blancas. Cuando se apaga la luz, el papel cobra vida.
La referencia literaria es directa: Andersen y su imaginario de reinas heladas y corazones congelados. La visual es más amplia. El libro desplegable, el teatro de juguete y el teatro de sombras tienen siglos de historia; lo nuevo era sumarles la proyección cartografiada, que por entonces se asociaba sobre todo a espectáculos sobre fachadas de edificios. El ejemplo más comentado de aquellos meses fue el del colectivo checo The Macula, que en 2010 convirtió la fachada del Reloj Astronómico de Praga en pantalla para celebrar sus 600 años. The Icebook hace lo mismo a la escala de una mesa.
Las trayectorias de los McGuire explican la forma de la obra. Davy nació en 1982 en Colombo, Sri Lanka, y estudió teatro de creación colectiva en el Dartington College of Arts, en Inglaterra. Kristin nació en 1980 en Chemnitz, Alemania, se formó en danza contemporánea y clásica en Fráncfort y bailó profesionalmente, entre otras compañías, con el Cirque du Soleil. Se conocieron en 2004 durante un intercambio de estudiantes en Arnhem, en los Países Bajos, y se casaron al año siguiente.
Teatro y danza: dos disciplinas del cuerpo y del espacio escénico. Por eso The Icebook no se presenta como un cortometraje, sino como una función, con público, tiempo y lugar.
El libro nació durante una residencia artística de cuatro meses en el Künstlerdorf Schöppingen, una colonia de artistas en Alemania. La técnica combina dos oficios: el corte de papel —las páginas son recortables tridimensionales hechos a mano, en la tradición del kirigami— y la proyección cartografiada, en la que la imagen se ajusta a la forma exacta de cada superficie. La historia se proyecta desde atrás, a través del papel, de modo que la imagen parece nacer dentro de las páginas.
El orden de trabajo, según contó Davy McGuire, empieza por lo físico: primero las maquetas, en una mezcla de diseño digital y construcción a mano —trabajar el papel con ese nivel de detalle, dice, es «muy, muy delicado»—, y después, sobre ellas, capas de fotografía y video montadas en After Effects. En gira, cada sala obliga a reajustar: la proyección se mueve apenas con MadMapper hasta que vuelve a calzar con el papel.
En lugar de competir con los grandes espectáculos de proyección, los McGuire la llevaron a lo más íntimo posible, y en esa inversión encontraron un medio propio.
The Icebook muestra que una técnica nueva no necesita una historia nueva. Bastó con un cuento de hadas de hace casi dos siglos, papel y luz para que un tráiler pareciera anunciar el futuro de algo.
Desde 2011, The Icebook ha recorrido salas de Europa, América y Asia, y ha salido en televisiones como Canal+, Deutsche Welle y NHK. En 2017 llegó al festival Hans Christian Andersen de Odense, la ciudad natal del autor que la inspiró. Los McGuire ganaron el premio del Oxford Samuel Beckett Theatre Trust en 2013 y un premio Helpmann en 2015 por The Paper Architect, y siguieron llevando la misma idea —papel, maquetas y luz— a nuevas piezas.
Detrás quedan los cuentos de Andersen que la inspiraron, y por delante, el resto del trabajo de Studio McGuire.