En septiembre de 2010, un cortometraje argentino ganó el premio a la mejor animación corta en el Fantastic Fest de Austin, uno de los festivales de cine fantástico más influyentes de Estados Unidos. Se llamaba Teclópolis, lo había dirigido Javier Mrad en Buenos Aires y estaba hecho, literalmente, con basura: teclados, ratones, revistas viejas, una cámara Super 8 y montones de plástico.

Es una fábula sobre el consumo contada con los restos de la era analógica, y está también en el origen de algo más. Sus directores de animación, Mab y Becho, fundaron en 2008 Can Can Club, el estudio de stop motion que la produjo y que en los años siguientes se volvería uno de los nombres propios de la animación argentina.

La sinopsis oficial empieza como un cuento: «Había una vez: revistas se agitan al viento, una cámara Super 8 se arrastra sobre una mesa mientras una vieja frazada va y viene. De repente, un ratón. Luego, una civilización corriendo hacia su destino inevitable».

En pantalla, esa frase se vuelve un paisaje. Una playa donde revistas delgadas se mecen como hierba alta; herramientas que, por su forma, hacen de dinosaurios; un mar que es una tela vieja, con la espuma tejida a crochet, que va y viene con una suavidad sorprendente. Entonces aparece el ratón —uno de computadora— y detrás de él una civilización entera: los ratones levantan edificios de teclados, construyen un muro alrededor del mar y mueven su industria sobre cintas transportadoras hechas de disquetes. Los gobierna un Mighty Mouse, el ratón blanco que Apple lanzó en 2005.

En medio de todo eso anda la cámara Super 8 de la sinopsis, que es lo más parecido a una protagonista: un aparato obsoleto que se arrastra por un mundo cada vez más lleno de teclados y de plástico, en busca de un amor perdido.

No hay diálogos. Todo se cuenta con objetos, movimiento y música, y el mensaje queda implícito: el corto no sermonea sobre el plástico que termina en el mar, deja que el espectador llegue solo a esa idea. El final, como dice la misma sinopsis, llega a un punto en que la contaminación plástica ya no deja a salvo ni las playas más lejanas.

La imagen que el estudio eligió como portada lo dice todo sobre el método: un edificio hecho de teclados se hunde en un mar de tela, y unos ratones de computadora trepan hasta la cima para salvarse. Nada está disimulado. Cada pieza conserva su identidad —se reconoce el teclado como teclado— y el sentido nace del choque entre lo que el objeto fue y lo que ahora representa.

Es una elección coherente con el tema. Un corto que habla de la acumulación de desechos no podía construir su mundo con materiales nuevos y pulidos; su materia prima es la propia acumulación.

Una fábula sobre el consumo contada con los restos de la era analógica.

A finales de la década de 2000, la basura electrónica empezaba a aparecer como problema público: computadoras, teclados y monitores reemplazados cada pocos años y amontonados en algún lugar. En febrero de 2010, un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente, Recycling – from E-Waste to Resources, advertía que para 2020 la basura de computadoras viejas podía crecer entre un 200 y un 400 % respecto de 2007 en China y Sudáfrica, y un 500 % en la India. Teclópolis lo mira desde un ángulo más amplio —el avance de la ciudad sobre la naturaleza, la tecnología al servicio de su propia destrucción— y elige como protagonista a una cámara Super 8, es decir, a un objeto que ya había sido desplazado por la tecnología siguiente.

El corto se hizo, además, en un Buenos Aires que ya tenía referentes en el stop motion de autor. Juan Pablo Zaramella —que también ha dirigido para Can Can Club— había llevado Viaje a Marte (2004), un corto de plastilina que le llevó dos años, a más de sesenta festivales y al Cóndor de Plata. Alternar la publicidad con la obra propia es exactamente el modelo que adoptaría Can Can Club.

Javier Mrad llegó a Teclópolis después de veinte años como diseñador gráfico, diseñador para televisión y animador de gráficos en movimiento. Fundó empresas de medios y después dejó el trabajo comercial para dedicarse de lleno a la docencia y a sus propias películas: m’appelle (2005), 0101 (2006), 8:15, Doublethink y 2metros (2007), y finalmente Teclópolis (2009). Escribió el guion con Javier Salazar, que además codirigió el corto y dibujó el storyboard, y con Javier Swedsky como guionista invitado.

La animación la dirigieron Mab y Becho, es decir, Mariano Andrés Bergara y Becho Lo Bianco, fundadores de Can Can Club, un estudio de animación tradicional de Buenos Aires que trabaja con miniaturas, papel, plastilina, alambre y pegatinas, y que prefiere las historias sin diálogos. Completaron el equipo Juan Maglione en la fotografía, Diego y Hugo Primero en el montaje y César Lerner en la música.

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La mayor parte de los materiales de Teclópolis fueron donados por una organización dedicada al reciclaje de electrónica obsoleta, y al terminar el rodaje volvieron a ella para ser reciclados. El corto no solo habla de la basura: la toma prestada y la devuelve.

El método fue tan experimental como los materiales. Según la ficha del corto, el guion, los decorados y la luz se revisaban cada día durante el rodaje, y los animadores improvisaban juntos en lugar de seguir un plan cerrado.

El detrás de cámaras, publicado años después, muestra un estudio pequeño lleno de mesas, una por escena, y un proceso que empieza en papel: storyboards y dibujos a tinta con la idea del corto. Las revistas de la playa son números delgados de National Geographic, sostenidos por ladrillos que el encuadre deja fuera. Los edificios se arman con decenas de teclados blancos y grises; el zepelín es un parlante de computadora colgado de hilos de nailon y fotografiado cuadro a cuadro. Junto al set hay una iMac, que al parecer servía para revisar las tomas.

También deja ver lo que no llegó al final. Un chip animado como un ciempiés, varias pruebas del mar y de su espuma de crochet antes de dar con la definitiva, ensayos de luz de noche y de amanecer —en el corto todo ocurre de día— y una persecución por un pasillo lleno de puertas, a la manera de Scooby-Doo, que quedó fuera del montaje.

Para cualquier creador, la lección está en convertir la limitación en tema. Sin presupuesto para construir un mundo desde cero, Teclópolis usa lo que sobra, y hace de esa decisión práctica el centro de lo que quiere decir.

Teclópolis funciona en dos niveles a la vez: como fábula ecológica y como demostración de oficio. Doce minutos de stop motion con objetos encontrados, sin actores ni efectos costosos, bastaron para competir con producciones de todo el mundo.

Además del Fantastic Fest, donde ganó, el corto pasó por festivales como el American Conservation Film Festival.

En 2011, Can Can Club publicó el corto completo en Vimeo, y ese mismo año ganó el Cóndor de Plata al mejor cortometraje, que entrega la Asociación de Cronistas Cinematográficos de la Argentina, y se proyectó en festivales como el Euganea Film Festival, en Italia. Ese año recibió también, en Leiden Shorts (Países Bajos), el premio del público a la mejor película profesional. Can Can Club siguió creciendo hasta hacer unos diez comerciales al año para marcas como McDonald’s, Nintendo o Coca-Cola, y desarrolló series propias como El hombre más chiquito del mundo y Cuentos de dos metros.

El detrás de cámaras completo está en línea, y también Transformaciones, la campaña en papel que el estudio animó en 2010 para Telefónica Perú.