«Mi papá me enseñó a hacer la maleta». Así empieza el poema en prosa de Ron Koertge que Max Porter y Ru Kuwahata convirtieron en Negative Space, y ese texto, con cambios menores, es el guion del corto. En él, un padre que sale a menudo en viajes de trabajo inicia a su hijo en el arte de la maleta perfecta, y esa costumbre compartida se vuelve el lazo entre los dos.

El poema lo publicó en Facebook una persona con la que trabajaban, y a los dos les conmovieron el humor y la honestidad del texto. Buscaron la página de Koertge y le escribieron para pedirle los derechos de la adaptación. Según contaron a Skwigly, el poeta les dijo al principio que solo quería cincuenta dólares, porque probablemente se los apostaría a los caballos en el hipódromo de Santa Anita; Ikki Films, la productora, terminó pagándole algo más.

A Kuwahata la historia le devolvió una imagen de su propia infancia: la de su padre, piloto, preparando la maleta antes de cada viaje. Porter lo explicó a Animation Scoop con la forma misma del poema: «Empezaba con esta conexión tierna y hay casi una profundidad que se va revelando». Y añadió que lo que les hizo querer el proyecto fue sentir un vínculo personal con el material: «Creo que, como es una relación entre padre e hijo […], es un tema universal, y cada uno pudo aportar su propia conexión personal».

Cuando hicieron el corto, Porter y Kuwahata llevaban más de una década trabajando juntos y firmaban como Tiny Inventions, el nombre que usan como dúo de dirección, desde Baltimore. Se conocieron en un estudio de animación de Nueva York, trabajando en el piloto de una serie que nunca se hizo. Ella creció en Japón viendo Dekirukana, un programa de manualidades con materiales reciclados, y a los doce años ya mandaba sus propios manga a las editoriales; él creció en Nueva York, empezó por la fotografía y el Super 8 y estudió cine, animación y video en la Rhode Island School of Design.

Ciento cincuenta palabras no fueron una limitación. «Al contrario, fue perfecto», le dijo Kuwahata a Animation Scoop. «Como era tan simple, pudimos explorar en lo visual, añadir subtexto y poner nuestra propia historia encima, […] sin dejar de intentar respetar el poema original». En Skwigly, los dos admitieron que el equilibrio fue difícil: había que honrar la sencillez del texto y, a la vez, aportarle algo.

Su ejemplo es una frase del poema: a los doce años, si el padre estaba ocupado, el hijo le hacía la maleta; la madre lo intentaba, pero no tenía la maña. El texto no lo dice, pero quisieron insinuar una fricción entre la madre y el padre. Al principio mostraban más a la madre en ese momento, y pronto sintieron que el relato se ensanchaba demasiado y perdía su eje. Terminaron encuadrándola por debajo de los ojos: su presencia queda indicada y la historia sigue centrada en el padre y el hijo.

La voz que lee el poema es la de Albert Birney; el jurado de la FIPRESCI la contó entre las virtudes de la película. La música no estaba asegurada. «No sabíamos si íbamos a tener música cuando empezamos», le contó Porter a Animation Scoop. «Sentíamos que la narración tenía una intimidad y no queríamos que la música le dijera al público cómo sentirse». Hacía falta, sin embargo, algo que llevara al personaje y al público de la escena del presente hacia el pasado, y la música resultó la manera de entrar en la cabeza del personaje. La hicieron tan mínima como pudieron: unas pocas notas que reverberan y forman una cama de sonido bajo los demás efectos.

Para pensar la imagen miraron a Yasujiro Ozu, a Ron Mueck y a Gregory Crewdson. Los documentos que prepararon para pedir subvenciones en Francia, con la escala de Mueck y el encuadre de Ozu como referencias, los obligaron a explicar cada intención por escrito, algo nuevo para un dúo que hasta entonces decidía más por intuición. Esos papeles fueron la base del storyboard y una piedra de toque durante el rodaje. Una vez en marcha, Kuwahata cuenta que se esforzaron por no dejarse influir más: «Creo que pasa bastante en cualquier producción: a lo mejor te pasas siete años con un corto y sigues añadiendo o cambiando cosas porque tú cambias. Nos esforzamos mucho por no hacerlo, por quedarnos con el instinto original y confiar en nuestras ideas del principio».

Decidimos desde el principio que la ropa estaría más animada y sería más vibrante que las personas.

Sus tres cortos anteriores mezclaban stop motion y animación por computadora, en parte por necesidad: los habían hecho los dos solos, entre otros trabajos y con poco espacio. Esta vez quisieron, desde el principio, que todo fuera stop motion. «Sentíamos con fuerza que el tono del texto original pedía un proceso más directo, más auténtico, y queríamos que el murmullo de la tela fuera una parte importante del lenguaje visual», contaron en Skwigly. Fue también la primera vez que trabajaron con muñecos, según dijo Kuwahata a la FIPRESCI.

Para Porter, la decisión de animar la ropa más que a las personas resumía la historia: «que las personas fueran un poco frías, un poco distantes», y que el padre y el hijo pudieran conectar «a través de la expresividad de lo que había dentro de la maleta». La secuencia en que el contenido de la maleta se viene encima del niño como una ola la animó Sylvain Derosne. Cada prenda, construida por Kuwahata, llevaba dentro un alambre fino y una capa de plastilina para poder animar las arrugas con control; la ola entera se sostenía sobre una gran lámina de cinefoil, una especie de papel de aluminio muy grueso.

Los muñecos tienen cabezas muy grandes y pies muy pequeños, y con esas proporciones no se sostenían con los anclajes habituales del stop motion. Tuvieron que llevar siempre un soporte sujeto, que luego hubo que borrar en la postproducción: según Porter, una fuente de muchísimos problemas. Los muñecos miden entre unos quince y veinticuatro centímetros, y los decorados más grandes, los de la ciudad, miden unos dos metros, dos y medio. En varios casos construyeron más de un decorado para un mismo lugar, para forzar la perspectiva. «Muchas veces pusimos la cámara muy cerca, como cuando el padre levanta al niño; reforzamos mucho la sensación de que el padre ocupa una parte grande de su vida», contó Porter.

En sus proyectos, contaron a Skwigly, un sofá nunca es un sofá cualquiera: el estampado, los golpes en la madera y las manchas de la tapicería se eligen para darle una identidad que se puede tocar y una historia; si el público siente que pertenece a alguien, le resulta más fácil identificarse con quien se sienta en él. Y recuerdan lo que les dijo una persona amiga: si llevas puré de papas a una comida compartida, deja algunos grumos, para que se sepa que lo hiciste a mano. «Intentamos dejar algunos grumos en nuestras películas», dicen.

Negative Space es una película francesa. Muchas productoras les dijeron que, viviendo en Estados Unidos, conseguir una productora francesa era imposible, hasta que dieron con Nidia Santiago y Edwina Liard, de Ikki Films, que ya conocían el proceso con equipos de dirección de otros países y les respondieron que no era tan difícil. Porter explicó en Cartoon Brew por qué querían hacerla en Europa: «Creo que en Estados Unidos los cortos se ven a menudo como un escalón hacia otra cosa, o algo que haces en tu tiempo libre entre trabajos comerciales u otros trabajos. Sentíamos que en Europa había un respeto por el corto como algo con entidad propia, y queríamos ser parte de eso».

Antes de mudarse a Francia hubo cerca de un año de desarrollo: buscar la producción y el dinero, cerrar los storyboards, empezar decorados y muñecos. Allí consiguieron una residencia en Ciclic Animation, en Vendôme, que les dio dónde vivir y trabajar además de fondos, y se presentaron a todo lo que ofrecía el Centre National du Cinéma et de l’Image Animée; al final reunieron unas diez fuentes de financiación, la mayoría francesas. Con Ikki Films como productora y Manuel Cam Studio como coproductora, la producción duró exactamente nueve meses. El equipo vivía con ellos durante la semana, y terminaron hablando mucho de sus relaciones con sus familias.

Hacer una película sobre la maleta perfecta los obligó a volverse expertos en hacer maletas. Pasaron de Ciclic a Ikki Films, en Orbigny, y a Manuel Cam, en Asnières-sur-Seine, antes de volver a Ciclic por la residencia. Kuwahata recuerda que le daba tanto miedo meter al muñeco principal en una maleta que decidió llevarlo encima, y que entonces temió que en el control de seguridad del aeropuerto pareciera un pequeño esqueleto: «Así que nos volvimos un poco locos desmontando cada pieza para no parecer tan sospechosos». «En el momento fue un dolor de cabeza», admite, «pero mirando atrás fue algo muy especial, porque pudimos vivir en todos esos lugares distintos de Francia».

El estreno mundial fue en la competencia de cortos de Annecy, en 2017, donde el jurado de la FIPRESCI le dio su premio por «el tratamiento sutil y cálido del tema». Al año siguiente la película estuvo nominada al Oscar y al Annie. Y a Cartoon Brew, Kuwahata le contó: «Probablemente lo mejor de lo que pasó al terminar la película es que la gente se nos acercaba y empezaba a contarnos de su relación con sus padres. Me estás contando tu secreto más oscuro, más profundo».